domingo, 22 de marzo de 2026

 Avanzado III, Forma y Color

Profesor Edwin Rojas

   

   

  

   Bitácora



El concepto de mi trabajo tiene que ver con el devenir animal que plantean Gilles Deleuze y Félix Guattari. Desde un pensamiento disidente, he decidido crear una línea de fuga a través del arte, utilizándolo como una máquina de guerra. Esto se relaciona con mi propia experiencia en la sociedad, frente a la autoridad predominante, las normas dominantes y su intento de capturarnos y homogeneizarnos. A través de la creación de obras de arte, busco una construcción humana fuera del dominio de la autoridad, descubriendo, como nos dice Nietzsche, que nuestras almas pertenecen a la flora y la fauna. En este contexto, el devenir de Deleuze y Guattari nos sirve como enseñanza para construir nuestros valores e identidad personal desde nuestro propio cuerpo nos dueño 

Este trabajo artístico será una demostración de amor a la libertad de aprender libre e independientemente, sin necesidad de adherirse a ninguna doctrina u ortodoxia, sea cual sea, y nos anima a sentirnos parte de la naturaleza misma.

En esta obra de arte abordaré la disciplina de la fotografía. En primer lugar, experimentaremos con el uso de distintas emulsiones para decidir con cuál trabajar. Una vez obtenida la fotografía impresa con la emulsión elegida, iniciaré un sistema de intervención con pintura, creando así una interpretación pictórica de la fotografía. Esta intervención expresará el devenir animal del autorretrato fotográfico: la libertad del alma que aprende gracias a los devenires de la naturaleza, la flora y la fauna. Esta experiencia se manifiesta en las poses ritualistas en busca de la identidad y de enseñanzas, a través del "devenir animal" como lo llama Deleuze. Estos devenires se presentan de manera personal en la fotografía, donde las poses experimentan intensidades y sensaciones. El juego de la pintura en la fotografía busca expresar todos esos sentires internos, esos devenires, convirtiéndose en una solución de autodescubrimiento personal y espiritual.

La pintura aún se encuentra en proceso, ya que realizaré una selección de métodos y desarrollaré técnicas con una disciplina basada en una técnica específica de creación. De esta manera, se llegará a un sistema determinado y específico de creación en la obra de arte.

A continuación, dejo unas imágenes fotográficas, una muestra de experimentación del tema, que son autorretratos editados e intervenidos de manera digital.



                




            

 






    Avances



Para esta obra, que es una fotografía impresa en tela —un autorretrato, en esencia—, el punto de partida fue enmascarar mi figura con masking tape. Esto me permitió explorar libremente la técnica del dripping, dejando que la pintura se deslizara sin invadir el cuerpo en la imagen. La idea era que esta explosión de color, lanzada sin premeditación, evocara la sensación de una transformación animal, un devenir visceral que surge de la pintura misma, liberando intensidades y matices sobre el soporte fotográfico.








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   Texto del proyecto


Uno de los problemas más complejos que surgieron al plantear la idea de intervenir fotografías con pintura fue el soporte material: qué tipo de superficie admite la tinta sin perder calidad, cómo responde el papel o la tela al peso de la pintura encima, qué ocurre con la imagen cuando el material que la sostiene no fue pensado para ser alterado. Estas preguntas técnicas, sin embargo, abrieron algo más profundo en la concepción del proyecto.

Al revisar las poses elegidas para los autorretratos, noté que tendían naturalmente hacia referencias clásicas, hacia posturas que el cuerpo reconoce porque han sido codificadas durante siglos en la historia del arte. Eso representaba un problema conceptual: si el objetivo era producir un devenir animal en el sentido deleuziano, una rigidez postural contradecía ese propósito. La pose fija mantiene al cuerpo dentro de sus límites reconocibles; lo clasifica, lo contiene, lo hace legible. Para desestabilizar eso, decidí trabajar con la misma cámara, la misma velocidad de obturación y el mismo diafragma, pero introduciendo el movimiento como variable central. Con una exposición de cuatro segundos, el cuerpo ya no puede permanecer quieto: se desplaza, se arrastra, genera estelas de color y forma que la cámara registra como trazas de intensidad antes que como figura reconocible.

Pero entre el momento en que se activa el temporizador y el momento en que el obturador abre, hay un intervalo. Un instante suspendido donde el cuerpo tiene que entrar en ese estado sin que nadie lo esté mirando — solo la cámara esperando en la oscuridad. Ese intervalo se convirtió en un ritual propio: una preparación que no es pose ni actuación sino un soltar el control, una manera de dejar que el cuerpo entre en la intensidad antes de que la imagen exista. No hay dirección externa, no hay mirada que organice lo que ocurre. Solo el cuerpo y algo que se acerca a lo irreconocible, un estado donde la forma humana empieza a aflojarse desde adentro y emerge otra cosa — no un animal concreto sino una intensidad sin nombre, una fuerza que ya no obedece a la organización del sujeto. El temporizador no captura ese estado: lo interrumpe en el mejor momento posible, cuando el cuerpo ya está en otra parte.

El resultado es una imagen deliberadamente difícil de leer. El cuerpo aparece descompuesto en su propio movimiento, y en esa descomposición emergen expresiones que escapan completamente a los códigos clásicos de representación corporal. Ya no hay pose, hay proceso. El cuerpo se vuelve umbral, un espacio de tránsito donde el proceso deleuziano de devenir animal —entendido como desterritorialización del sujeto humano— se materializa a través de la fotografía de autor. El proyecto se propone así explorar cómo la fotografía no solo puede capturar sino también producir estados de indistinción entre lo humano y lo animal, zonas donde la forma se deshace y lo que queda son únicamente fuerzas e intensidades.

Técnicamente, cada autorretrato fue realizado con movimiento intencional del cuerpo, fondo negro y el cabello rojo como elemento visual protagónico. El cabello, arrastrado por el desplazamiento, deja de funcionar como rasgo identitario para convertirse en traza, en velocidad, en algo que ya no pertenece del todo a lo humano. La imagen no representa un estado animal: lo produce. Opera en el umbral donde la forma colapsa.

Esta fotografía no existe de manera aislada. Forma parte de una instalación articulada en dos presencias que se ponen en diálogo sin explicarse mutuamente: la imagen fijada en la pared y un capullo de lana roja suspendido en el espacio físico que el espectador habita.

El capullo está tejido con lana del mismo rojo que el cabello de los autorretratos. Esa coincidencia no es decorativa ni casual: es una continuidad material. El mismo color aparece en dos lugares y en dos dimensiones distintas, uno bidimensional y estático sobre la pared, el otro tridimensional y presente en el espacio real, creando un puente entre imagen y objeto sin que ninguno dependa del otro para existir. El capullo no ilustra la fotografía ni la explica; es su contraparte táctil y temporal. Mientras la imagen captura un instante de descomposición, el capullo encarna un proceso de transformación todavía en curso: cerrado sobre sí mismo, aún no resuelto, sin apertura visible.

Ambos objetos comparten el mismo color pero habitan tiempos distintos dentro del mismo proceso. Uno ya atravesó algo; el otro permanece en el interior de ese tránsito. Juntos no ofrecen una respuesta sino una pregunta: ¿en qué punto del devenir nos encontramos? ¿Antes del capullo, dentro de él, o ya al otro lado?


          





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