Avanzado III, Forma y Color
Profesor Edwin Rojas
Bitácora
Texto del proyecto
Uno de los problemas más complejos que surgieron al plantear la idea de intervenir fotografías con pintura fue el soporte material: qué tipo de superficie admite la tinta sin perder calidad, cómo responde el papel o la tela al peso de la pintura encima, qué ocurre con la imagen cuando el material que la sostiene no fue pensado para ser alterado. Estas preguntas técnicas, sin embargo, abrieron algo más profundo en la concepción del proyecto.
Al revisar las poses elegidas para los autorretratos, noté que tendían naturalmente hacia referencias clásicas, hacia posturas que el cuerpo reconoce porque han sido codificadas durante siglos en la historia del arte. Eso representaba un problema conceptual: si el objetivo era producir un devenir animal en el sentido deleuziano, una rigidez postural contradecía ese propósito. La pose fija mantiene al cuerpo dentro de sus límites reconocibles; lo clasifica, lo contiene, lo hace legible. Para desestabilizar eso, decidí trabajar con la misma cámara, la misma velocidad de obturación y el mismo diafragma, pero introduciendo el movimiento como variable central. Con una exposición de cuatro segundos, el cuerpo ya no puede permanecer quieto: se desplaza, se arrastra, genera estelas de color y forma que la cámara registra como trazas de intensidad antes que como figura reconocible.
Pero entre el momento en que se activa el temporizador y el momento en que el obturador abre, hay un intervalo. Un instante suspendido donde el cuerpo tiene que entrar en ese estado sin que nadie lo esté mirando — solo la cámara esperando en la oscuridad. Ese intervalo se convirtió en un ritual propio: una preparación que no es pose ni actuación sino un soltar el control, una manera de dejar que el cuerpo entre en la intensidad antes de que la imagen exista. No hay dirección externa, no hay mirada que organice lo que ocurre. Solo el cuerpo y algo que se acerca a lo irreconocible, un estado donde la forma humana empieza a aflojarse desde adentro y emerge otra cosa — no un animal concreto sino una intensidad sin nombre, una fuerza que ya no obedece a la organización del sujeto. El temporizador no captura ese estado: lo interrumpe en el mejor momento posible, cuando el cuerpo ya está en otra parte.
El resultado es una imagen deliberadamente difícil de leer. El cuerpo aparece descompuesto en su propio movimiento, y en esa descomposición emergen expresiones que escapan completamente a los códigos clásicos de representación corporal. Ya no hay pose, hay proceso. El cuerpo se vuelve umbral, un espacio de tránsito donde el proceso deleuziano de devenir animal —entendido como desterritorialización del sujeto humano— se materializa a través de la fotografía de autor. El proyecto se propone así explorar cómo la fotografía no solo puede capturar sino también producir estados de indistinción entre lo humano y lo animal, zonas donde la forma se deshace y lo que queda son únicamente fuerzas e intensidades.
Técnicamente, cada autorretrato fue realizado con movimiento intencional del cuerpo, fondo negro y el cabello rojo como elemento visual protagónico. El cabello, arrastrado por el desplazamiento, deja de funcionar como rasgo identitario para convertirse en traza, en velocidad, en algo que ya no pertenece del todo a lo humano. La imagen no representa un estado animal: lo produce. Opera en el umbral donde la forma colapsa.
Esta fotografía no existe de manera aislada. Forma parte de una instalación articulada en dos presencias que se ponen en diálogo sin explicarse mutuamente: la imagen fijada en la pared y un capullo de lana roja suspendido en el espacio físico que el espectador habita.
El capullo está tejido con lana del mismo rojo que el cabello de los autorretratos. Esa coincidencia no es decorativa ni casual: es una continuidad material. El mismo color aparece en dos lugares y en dos dimensiones distintas, uno bidimensional y estático sobre la pared, el otro tridimensional y presente en el espacio real, creando un puente entre imagen y objeto sin que ninguno dependa del otro para existir. El capullo no ilustra la fotografía ni la explica; es su contraparte táctil y temporal. Mientras la imagen captura un instante de descomposición, el capullo encarna un proceso de transformación todavía en curso: cerrado sobre sí mismo, aún no resuelto, sin apertura visible.
Ambos objetos comparten el mismo color pero habitan tiempos distintos dentro del mismo proceso. Uno ya atravesó algo; el otro permanece en el interior de ese tránsito. Juntos no ofrecen una respuesta sino una pregunta: ¿en qué punto del devenir nos encontramos? ¿Antes del capullo, dentro de él, o ya al otro lado?









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